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Huellas de San José en Tierra Santa

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Estatua de San José en Nazaret | Archivo Saxum

El Papa Francisco ha dedicado este año 2021 a San José, padre de Jesús y esposo de María. Coincide con el 150 aniversario de la declaración del santo patriarca como Patrono de la Iglesia Universal por Pío IX, el 8 de diciembre de 1870. Aprovechando la ocasión, queremos recorrer los lugares de Tierra Santa en los que podemos encontrar sus huellas.  

José, en hebreo “Dios añadirá”, es un personaje muy discreto de la Biblia. Tenemos pocos detalles de su vida, no se le atribuye ninguna frase del Evangelio y no vuelve a aparecer después de que el Niño es hallado en el Templo. Sin embargo, es una figura clave en el plan de Dios: el padre adoptivo de Jesús y esposo de la Virgen María. 

 

Nazaret: su hogar

Aunque queda claro que los orígenes familiares de José están en Belén, del relato evangélico se deduce que vivía en Nazaret antes desposarse con María y que se estableció allí con su familia al volver de Egipto. En esta localidad, al lado de la Basílica de la Anunciación, se encuentra hoy en día la iglesia de San José. Allí encontramos una cripta con restos arqueológicos que la tradición ha identificado como la casa de la Sagrada Familia. La cercanía de ambas casas (la casa paterna de María y la de José) nos habla de la realidad de una aldea muy pequeña, algunas investigaciones sugieren que tenía una superficie de 100 metros de ancho por 150 de largo, es decir, un poco más extensa que un campo de fútbol

Nazaret era, por tanto, una aldea que no tendría más de 500 habitantes. Estaba, sin embargo, a unas dos horas de camino de Séforis, la capital de la región, una zona urbana de fuerte influencia helenística y gran presencia pagana. En los días de mercado, los habitantes de las aldeas agrícolas como Nazaret irían a esta ciudad a vender los excedentes de sus cosechas. Las investigaciones arqueológicas sugieren que en Nazaret había cultivos de olivo, trigo y dátiles y producción de aceite de oliva. Es probable que José, como artesano, también ofreciera sus productos y servicios en esta gran urbe vecina. 

Por su situación y particular historia, la región de Galilea, a la que pertenece Nazaret, estuvo mucho más expuesta a la influencia pagana que Judea. Desde hacía siglos se la conocía como “Galilea de los gentiles”, expresión que se recuerda en el Evangelio. Judea, la región en la que se encontraba la ciudad santa de Jerusalén que albergaba el Templo, preservó con más celo el carácter de la sociedad judía a pesar de las sucesivas invasiones extranjeras. Galilea, por el contrario, fue mucho más permeable a otras influencias y había ciertas diferencias culturales que hacían que los judíos de Judea miraran con suspicacia a los galileos, lo cual también queda patente en los Evangelios. En una ocasión, los sacerdotes y fariseos se resisten a creer en Jesús porque “de Galilea nunca ha salido un profeta” (Jn 7, 52).

Parece que, en la Galilea del siglo primero, las aldeas y zonas rurales estaban mayoritariamente habitadas por devotas comunidades judías, mientras que los centros urbanos tenían mayor presencia pagana. 

 

Estrella que marca el lugar del nacimiento de Jesús en Belén | Archivo Saxum

Belén: la ciudad de David

Sabemos que José desciende de la estirpe del rey David, pues queda reflejado en las genealogías del Evangelio. Presentar la lista de antepasados era la forma que tenían los autores de la Antigüedad de introducir a los protagonistas masculinos en los relatos. Así, Jesús, como hijo de José, forma parte de esa dinastía real que parte de David. 

En el reparto que las tribus de Israel hicieron del territorio, Belén fue para la tribu de Judá (Jos 15). Siglos después, nacería allí David, un joven pastor que por voluntad de Dios se convirtió en el segundo rey de Israel (1 Sam 16). Más adelante es el profeta Miqueas quien anuncia que Belén será el lugar en el que nacerá el Mesías (Mi 5, 2). Después, Belén no se menciona en la Biblia hasta la narración del Evangelio en la que se suceden los hechos del nacimiento de Jesús

“José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa, que estaba encinta” (Lc 2, 4-5). Hemos escuchado este relato muchas veces y, desde entonces, Belén salió del anonimato para convertirse en la cuna del Mesías, como habían anunciado los profetas. Desde los primeros siglos, el lugar del nacimiento de Jesús, hoy dentro de la Basílica de la Natividad, era conocido y venerado. Como testimonia Orígenes, teólogo cristiano del siglo III, incluso las personas ajenas a la fe reconocían el lugar: “En esta cueva, se dice, nació aquel Jesús a quien admiran y adoran los cristianos”. 

 

Jerusalén: el Templo

El Muro de los Lamentos es lo único que ha sobrevivido hasta nuestros días del segundo Templo | Archivo Saxum

La Sagrada Familia se presentó en el Templo de Jerusalén a los cuarenta días del nacimiento del Niño para cumplir con los preceptos de la Ley de Moisés: la purificación de la madre y el rescate del primogénito varón. Como todo buen judío, José peregrinaría también a la Ciudad Santa para las fiestas de Pascua, Pentecostés y  los Tabernáculos. Cuando Jesús creció acompañaba a sus padres a Jerusalén para estas celebraciones. Fue en una de esas ocasiones cuando se perdió en el Templo. 

Jerusalén había sido conquistada por su antepasado, el rey David, hacia el 1000 a.C. y se había convertido en capital y centro religioso del reino. Fue Salomón, que sucedió a su padre, quien edificó el primer Templo sobre el monte Moria, en el que según la tradición tuvo lugar el (casi) sacrificio de Isaac. El emperador babilonio Nabucodonosor destruyó la ciudad y el Templo durante su conquista, además de deportar a los judíos, lo que se conoce como el destierro de Babilonia. Con la conquista persa, los israelitas pudieron volver y reconstruir el Templo. Fue este segundo Templo el que Herodes el Grande amplió y embelleció. En época de José y de Jesús, todavía habría obreros rematando la construcción. 

Conocer el contexto histórico puede ayudar a acercarnos a la figura de José, que el Santo Padre quiere poner de relieve este año. En palabras del Papa: “un padre amado, un padre en la ternura, en la obediencia y en la acogida; un padre de valentía creativa, un trabajador, siempre en la sombra”. 

 

Fuentes consultadas: 

  • Huellas de nuestra fe. Apuntes sobre Tierra Santa, Jesús Gil y Eduardo Gil
  • In the footsteps of Jesus. A chronicle of his life and the origins of Christianity, Jean-Pierre Isbouts
  • Carta apostólica del Papa Francisco “Patris corde” (“Corazón de padre”).

Interesante artículo sobre prefiguras bíblicas de José en el Antiguo Testamento.

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