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El Status Quo: la ley no escrita que rige el Santo Sepulcro desde 1852

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En el Santo Sepulcro viven tres comunidades: armenia, ortodoxa griega y católica. | I. Rodríguez

“Las cosas como han estado funcionando hasta ahora, que así permanezcan, a la espera de un acuerdo final”. Esta es la frase con la que en 1852 se estableció lo que poco después comenzó a llamarse Status Quo. Se trata de una ley no escrita que rige los santos lugares que comparten dos o más comunidades cristianas. En la iglesia del Santo Sepulcro es el porqué de la organización del espacio, el horario de los ritos, la presencia de ciertos elementos y quizá el aparente caos que llama la atención del visitante que mira con ojos occidentales. El Status Quo rige también la Natividad en Belén y, en menor medida, en el Cenáculo, la tumba de la Virgen, el lugar de la lapidación de san Esteban y la tumba de Lázaro, en Betania. 

Nada podía cambiar sin el acuerdo de todas las comunidades cristianas que comparten los lugares regidos por el Status Quo, pero a la espera de aquello… “Ya han pasado casi 170 años y no se ha llegado a ese acuerdo oficial”, comenta el padre Salvador Rosas, que preside la fraternidad de franciscanos del Santo Sepulcro. Mexicano de Guadalajara, recuerda que lo que más le chocó cuando conoció por primera vez esta iglesia fue la perspectiva: “Un mexicano se imagina el monte Calvario como el cerro de la silla de Monterrey, una cosa inmensa, y saber que eran cinco metros…” 

Esta iglesia se puede considerar el lugar más importante de la cristiandad, ya que alberga en su interior el Calvario y el Sepulcro, donde Cristo fue “crucificado, muerto y sepultado; y resucitó al tercer día”. Prácticamente desde el principio, ha sido un lugar compartido por distintas comunidades cristianas. Además de las sucesivas destrucciones y reconstrucciones fruto de siglos de historia, los diferentes espacios del templo han ido cambiando de propietarios. “Lo que acontecía en el mundo, también repercutía aquí”, apunta el padre Rosas. “Si Bizancio era la que llevaba las riendas de la historia, la comunidad ortodoxa vencía en ese sentido; si eran ciertas potencias europeas, velaban por los intereses de la iglesia occidental”. 

Durante la pandemia pudimos pararnos a valorar un santuario tan querido por la cristiandad que,

aunque no hubiese gente, era un santuario vivo.

“Como en cualquier casa, hay reglas”

El Santo Sepulcro es un templo irregular, lleno de capillas y recovecos, escaleras que suben y otras que bajan a las diferentes y variadas estancias, cada una de las cuales tiene distintos administradores, pues las comunidades armenia, ortodoxa y católica se reparten los espacios. 

El Status Quo da lugar a situaciones y elementos curiosos: una escalera que pasa varios meses delante de la piedra de la unción, otra que se encuentra permanentemente en una de las ventanas de la fachada, unos horarios que han de cumplirse a rajatabla para no importunar el culto de la otra comunidad, unas velas que solo puede encender su propietario… 

A pesar de que mantener estas normas seculares pueda resultar absurdo para algunos, el padre Rosas afirma que “bien vivido, tiene su razón de ser”. “Llevándose a cabo con buena voluntad, el Status Quo rige estos santuarios como en una casa. Hay reglas y, si se respetan, hay una buena convivencia”. La buena voluntad en el cumplimiento de esta ley no escrita “funciona porque al normar tiempos y espacios, favorece las celebraciones”. Para los franciscanos son tres los momentos fuertes de oración: la misa de la mañana, las Vísperas y la procesión de la tarde y la oración de medianoche. 

El efecto pandemia

Durante los meses más duros de la pandemia, una de las imágenes más representativas de Jerusalén era la del Santo Sepulcro cerrado a cal y canto. Así estuvo meses, con las comunidades viviendo juntas dentro. El santuario, acostumbrado al bullicio de miles de visitantes diarios, quedó en silencio. “Nos unió”, asegura Rosas, “compartimos un par de veces un té, un café; los ortodoxos vinieron a la casa, nosotros fuimos a la de ellos; hacemos pizza los domingos y les compartimos… Hay relación. Son cositas que no se ven, pero ayudan”. 

A nivel personal y comunitario, este año ha supuesto un tiempo para “revalorar nuestra misión: por qué estamos aquí”. El ritmo frenético de peregrinos previo a la pandemia, les llevó a “una dinámica más que de religiosos, de trabajadores”. Sin embargo, gracias al confinamiento, pudieron pararse a “valorar un santuario tan querido por la cristiandad que, aunque no hubiese gente, era un santuario vivo“. Gracias al Status Quo, “no interrumpimos absolutamente nada. Éramos tres gatos cantando la procesión, tres pelados que celebrábamos todas las misas… Nos ayudó a mantener nuestro ritmo de oración, a revalorar, a hacer verdaderamente oración”. 

Quizá como en muchas familias, la pandemia ha supuesto una “oportunidad de desempolvar muchas cosas esenciales en nuestra vida, de descansar del ajetreo, de vernos las caras”. El padre Rosas espera que, con la paulatina vuelta a la normalidad, “tiempos mejores vendrán” y que “la visita a Tierra Santa, la visita al Santo Sepulcro, será la cerecita del pastel”. “Nosotros -añade- reanimados en el espíritu, les acogeremos con mayor alegría”.

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