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Flevit super illam, un retrato de Jerusalén

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“Y cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz! Sin embargo, ahora está oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que no sólo te rodearán tus enemigos con vallas, y te cercarán y te estrecharán por todas partes, sino que te aplastarán contra el suelo a ti y a tus hijos que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de la visita que se te ha hecho.” 

(Lucas 19, 41-44)

Flevit super illam, 1892. Enrique Simonet Lombardo. © Museo Nacional del Prado

En este cuadro de imponente magnitud, el espectador entra en escena por detrás del grupo de discípulos y viendo a Jesús de perfil. Todas las miradas -de extrañeza y sorpresa- se dirigen hacia él. Atardece en Jerusalén y ha salido la primera estrella; él llora al ver la ciudad desde lo alto del Monte de los Olivos. Es el momento solemne y terrible en el que profetiza la destrucción de la Ciudad Santa, que se cumplió en el año 70, cuando Tito y sus legiones romanas sitiaron y destruyeron Jerusalén. 

A diferencia de la mayoría de artistas que han pintado escenas religiosas, Enrique Simonet Lombardo viajó a Palestina a finales del siglo XIX para documentarse. El resultado es magistral, ya que capta perfectamente la altura del monte, el tipo de vegetación y la vista de la Ciudad Santa. No en vano, el lugar que eligió Simonet es hoy uno de los miradores más espectaculares de Jerusalén, desde donde hay una vista privilegiada de la Explanada de las Mezquitas, que el propio artista vería desde allí, ya que se alza desde el 691 en el lugar donde en tiempos de Jesús estaba el Templo. 

Simonet nos traslada a aquella época a través del realismo de los personajes, para los que se inspiró en las gentes del lugar, y del escenario. En este lugar se alzan hoy en día varios santuarios, entre ellos Dominus Flevit (el Señor lloró), que recuerda esta misma escena del Evangelio y que existe desde el siglo XIV. La luz del atardecer, que ilumina el centro del cuadro, parece premonizar también el ocaso de Jerusalén que encierra la profecía de Jesús.

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